
tengo un amigo que vive en una de las mejores casas del casco patrimonial de valparaíso. lo visito bastante, es re buen anfitrión el cabro. la noche se pasa en bares y al otro día se sale a caminar. allá las mañanas son luminosas, o doy fe que así las sienten los hijos perdidos de esa ciudad cuando están de paso. esta foto es del “cerro panteón”, lo que se ve en la loma es el cementerio número 1, fundado y dispuesto para los porteños en 1821, cuando ya no cabían más lápidas en los patios de las parroquias.
sigue leyendo haciendo clic en cliclos muertos de mi mamá están ahí. ella viene de una familia antigua en la zona, casi extinta, formada con las mixturas propias de los puertos. de hecho a ese osario se le nota lo mismo en su variedad arquitectónica, que sumada al puñado de nombres con relevancia histórica que hay en su lista de residentes, a veces es nombrado con el alias “monumento histórico nacional”, así que por cierto que es recorrido sugerido para caminantes.el mediodía del domingo 10 de diciembre del 2006, felipe, carlos (el de la casa) y yo pasábamos una resaca visitando el cementerio número 1. era un día radiante, de hecho el calor desentonaba con las trizaduras negras de los mármoles y el cemento viejo de esos rincones que uno se imagina decorando días más grises, fríos, húmedos. estábamos mirando la tumba de los guastavino, que daba para detenerse porque el último miembro conocido de esa familia es un viejo comunista que destacó al volver del exilio por la dureza de sus palabras en contra de la dictadura y las cadenas constitucionales que dejó, puntos de vista que fue moderando cuando ricardo lagos le otorgó el mando de la intendencia de valparaíso. creo que comentábamos la entrevista que luis guastavino le concedió a -el diario de derecha y pro golpe de estado- el mercurio, cuando me fijé que unas tres tumbas más arriba, en el espacio que había entre dos bóvedas de más o menos un metro de alto, dormía un borracho.
que dormía y que lo hacía de borracho lo deduje porque la verdad sólo se veían sus piernas estiradas con muy poca armonía. sus zapatos eran de hombre, parecidos a los timberland, y sus pantalones café eran de esa tela que llaman “cotelón”. por el calor que hacía y lo fuerte que estaba pegando el sol a esa hora, la siesta etílica de ese señor pintaba para resaca inolvidable. por cierto que yo andaba en un estado parecido al de él, y tal vez por eso sentí cierta conexión con el caballero. dormir aturdido por unos cuantos piscos con el sol en la cara se me imaginó terrible, por eso me acerqué.
era un cadáver. un hombre adulto, pelo corto, claro, vestido con un swater verde de esos que se cierran con dos botones adelante y una camisa negra debajo. tenía una pequeña pistola dorada en su mano derecha y un hoyo negro en la sien por el que caía un delgado hilo de sangre. sus dedos estaban morados, su rostro blanco, él, tan quieto como las piedras talladas que lo rodeaban. no estaba acostado como creía. tenía su espalda apoyada en una de las dos tumbas, la que después supe que era de su padre. me quedé helado cuando lo vi. podía ser un maniquí, una broma, un actor, lo que fuera menos un hombre que se acababa de suicidar perforándose el cráneo con una bala. la sangre que caía por el orificio de su sien derecha era poca como para explicar su palidez, así que seguramente al otro lado de su cabeza corría o había corrido un chorro de sangre que yo no veía. felipe y carlos fueron por un guardia, yo llamé a carabineros. el guardia era una mujer pequeña, morena, robusta, vestida como vigilante de empresa privada de seguridad, la caricatura de un policía gringo. mientras caminaba hacia donde yo estaba se comportaba como descreída por lo que mis amigos le decían. yo ya me había movido hacia un lugar donde no veía el cuerpo, pero sí la vi a ella cambiar su postura hasta encorvarse, llevarse las manos a la boca y dar dos pasos hacia atrás.
cuando la guardia se repuso sacó su radio y llamó a otros dos. las puertas del cementerio se cerraron. se le solicitó a los pocos visitantes que se marcharan. los carabineros llegaron preguntando por el autor de la llamada. antes de revisar el lugar, me pidieron que los esperara en la entrada. volvieron y me dijeron que en mi calidad de primer testigo, les relatara cómo había encontrado el cuerpo de quien resultó ser jorge fernández núñez, comerciante viñamarino de 51 años, dos hijos. estaba prestando mi declaración, calculando con un empleado del cementerio que el disparo había sido sólo 40 minutos atrás, que de hecho él había escuchado un trueno, cuando sonó el teléfono de felipe. habló un par de minutos mientras yo seguía entregándole datos al policía. cortó el teléfono, me tocó el brazo y me dijo:
-“se murió pinochet”.